Artículo de edición especial: Economía del amor
- Joaqui Perez

- 14 feb 2025
- 2 Min. de lectura

Imagina un escenario donde, céteris páribus (es decir, manteniendo todo lo demás constante), te encuentras atrapado en un ascensor con tres personas diferentes en situaciones separadas: tu crush, tu ex (con quien no quedaste en buenos términos) y un desconocido.
Primero, tu crush (el “bien” de tu vida). Compartir un espacio reducido con este es un evento cargado de emoción y nerviosismo. El afortunado encuentro inesperado actúa como un "bien" en términos económicos: una experiencia que incrementa tu utilidad, generándote satisfacción y felicidad. Cada segundo parece lleno de posibilidades, y el ascensor se convierte, momentáneamente, en el lugar más interesante del mundo.
Segundo, tu ex (el “desbien” de tu vida). La situación cambia radicalmente si quien entra al ascensor es tu ex. El ambiente se torna incómodo y tenso; la experiencia se percibe como un "desbien": en lugar de incrementar tu utilidad, la reduce. Esto se traduce en malestar, incomodidad y el deseo ferviente de que las puertas se abran lo antes posible.
Tercero, un desconocido (el “bien neutral”) En este escenario, compartes el ascensor con un desconocido. Sin historia previa ni emociones involucradas, su presencia es neutral: ni te suma ni te resta utilidad. El tiempo pasa sin mayor impacto emocional, como un instante de indiferencia en el devenir cotidiano.
Cuarto, “necesito un tiempo” (la ley de la utilidad marginal decreciente). Ahora, supongamos que el primer caso se prolonga indefinidamente. Al principio, la emoción de estar con tu crush alcanza niveles altísimos de gratificación. Sin embargo, la ley de la utilidad marginal decreciente entra en juego. Con el paso excesivo del tiempo y la falta de variedad, la satisfacción que esta experiencia supone comienza a disminuir cada vez más. Eventualmente, la presencia de esta persona, aunque significativa, podría tornarse indiferente o incluso tediosa. Así, el deseo disminuye conforme se satisface la necesidad.
En síntesis, estos escenarios ficticios ilustran cómo nuestras experiencias, moldeadas por nuestras relaciones y contexto emocional, afectan nuestra utilidad total y bienestar. La economía, en su infinita sabiduría, muestra que incluso el amor y las emociones siguen el ritmo de la teoría de la utilidad, donde los bienes revelan su verdadera esencia y la ley de la utilidad marginal decreciente marca el compás sutil de los deseos que, poco a poco, se aquietan. Como diría David Bowie en Chine Girl: “I saw the stars crashing down” [Vi las estrellas estrellarse] ¡Feliz día del amor y la amistad!




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